y el Irun del siglo XVII


LOS CASERIOS EN EL SIGLO XVII   ( Parte 2ª )

A principios de siglo había casi siempre un maestro que proyectaba la obra del caserío y la dirigía hasta su término. A partir de 1650 las funciones empezaron a desdoblarse y apareció la figura del maestro que solamente dibujaba los planos del caserío a construir y luego dejaba a otros oficiales que se ocupasen de la ejecución.

La construcción de un caserío conllevaba un pacto entre caballeros ya que todos los contratos eran verbales.

 

La orientación más adecuada era la que buscaba el arco solar de la mañana. Tenían habitualmente dos puertas de entrada, una para personas y otra más grande para animales.

 

 

En la construcción, que podía durar hasta dos años y medio, los bueyes eran fundamentales para arrastrar y levantar, con rudimentarias poleas, los gigantescos robles y las moles de piedra que había que extraer de la cantera para ser labradas a pie de obra.

En el siglo XVII un buen caserío venía a costar lo mismo que doce bueyes de tiro.

 

 

Hasta muy avanzado el siglo XVII, en que se impusieron las paredes de ladrillo, los tabiques de separación eran de mamparas de tablas. Pero hasta unos años antes la intimidad era prácticamente nula, pues toda la familia dormía en una sala común, a lo sumo con separaciones de simples cortinas entre rudimentarias estancias.

 

 La cocina era, por así decirlo, el corazón del caserío,  el lugar donde se reunía la familia y se concertaban los matrimonios. Durante el siglo XVII el fuego se encendía sobre una losa colocada en el centro de la estancia. Las típicas chimeneas de fuego bajo con campana adosada al muro no se generalizaron hasta bien entrado el siglo XVIII.

Algunas cocinas disponían de ventanillas que daban directamente a la cuadra, para vigilar al ganado.

 

El mobiliario era escaso. Uno de los elementos considerado esencial era el arca, habitualmente heredada de los padres, donde se guardaba la ropa blanca. El arca era también una pieza clave de la dote femenina.

 

Parece ser que en verano, en algunos hogares se empleaban colchones de hojas secas de maíz, más frescos que la lana. Además tenían otra utilidad, después de haber sido utilizados por algún enfermo, al fallecer éste, se quemaba.

Luego estaban los trojes que eran unos grandes arcones de madera en los que se guardaba el trigo cosechado. Tenían la particularidad de que eran desmontables.

 

 

La vajilla era prácticamente inexistente o muy modesta, de cerámica rústica o de madera, entre la que destacaba una singular cuchara de palo. Con ella recibía la suegra a la recién casada que se instalaba en el caserío con el marido. Que nadie piense que se trataba de un signo agresivo, sino todo lo contrario, era el símbolo de la cesión del poder doméstico.

 

 

 

 

El mayor de los peligros de un caserío era casi siempre el fuego. Bien por la caída de un rayo o por errores de manipulación de los elementos de iluminación consistentes en rollos de vela de cera o candiles de aceite.

 

Era habitual que los caseríos contaran con alguna borda que llevaba su mismo nombre, aunque no siempre estaban próximas a éstos.

 

El número de caseríos que había en Irun en 1766 era de 230, y en la zona urbana 160 casas.